EL ABUSO, EL NARCISISMO Y LOS PASIVOS VIOLENTOS

Hace algunos años, el universo —ese gran maestro de lecciones no solicitadas— me regaló una serie de encuentros con personas que, en lugar de sumar, restaron, dividieron y hasta multiplicaron mis traumas. Gente que, sin tener idea de chakras, energías o evolución del alma, logró poner a prueba hasta mi última fibra emocional. Y no para elevarme, no. Para arrastrarme al mismísimo fango de la psiquis humana.

“¿Por qué a mí? ¿Por qué yo? ¿Por qué me trata así?” Clásico mantra del recién iniciado en el camino del despertar espiritual… vía abuso crónico.

Con el tiempo entendí que no se trataba de una experiencia aislada, sino de un verdadero rito de paso generacional. Conversando con amigos, todos caíamos en el mismo loop: ex parejas que te arrancaron el alma en cuotas, amistades pasivo-agresivas con disfraz de “gente de luz” y familiares que, en vez de consejos, te lanzaban puñales energéticos. Todo muy New Age, pero sin incienso.

Después de los 40, uno ya tiene su propio oráculo de traumas. No viene en caja dorada, pero trae edición ampliada, heridas recicladas y el bonus track de repetir patrones.

Llega un punto en que uno se vuelve desconfiado. Porque después de lidiar con narcisistas, pasivos violentos y mártires de telenovela, ¿quién no estaría a la defensiva?

Lo aprendí por las malas: las relaciones sanas son casi una leyenda urbana.
Y las personas verdaderamente libres de traumas no están en Tinder ni en círculos de mujeres medicina; probablemente estén en algún monasterio del Himalaya… o ya murieron de cordura.

Yo, por mi parte, desarrollé un radar. No para detectar oro, sino narcisistas en sus múltiples evoluciones Pokémon:
– El que se victimiza con su historia de infancia para manipularte.
– El que se cree gurú porque leyó a Osho en PDF.
– Y, por supuesto, el agresivo pasivo que te sonríe mientras te clava el puñal energético con aroma a palo santo.

Hoy, las redes sociales están infestadas de términos como “psicópatas emocionales”, “relaciones tóxicas”, “pasivos violentos”… y no, no es moda: es que ya nadie se aguanta.

Y con razón. Muchos de estos “seres de luz” no son otra cosa que niños heridos en cuerpos adultos, jugando a ser terapeutas sin haber sanado ni a su cactus.

FREUD Y JUNG YA LO SABÍAN

El Traumado es quien no ha elaborado sus heridas. Vive en constante repetición del trauma, atrapado en su compulsión a la repetición (Freud dixit), e incapaz de distinguir entre pasado y presente. Abusa porque fue abusado, pero no reconoce que ahora él es quien reproduce la herida.

El Maligno, en cambio, es el arquetipo junguiano de la sombra no integrada: el que no solo conoce su oscuridad, sino que goza de ejercerla. No actúa desde la herida, sino desde la convicción. Disfruta manipular, dominar y someter, como si fuese un pequeño dios en su teatrillo de egos.

Ambos personajes se justifican con discursos espirituales.
Ambos hacen daño.

Y lo más trágico: ninguno se ve a sí mismo como el problema.
Para ellos, el karma es lo que les deben los demás, no lo que ellos generan.
Su ego es tan inflado que no necesita constelación familiar: necesita una galaxia entera para orbitarlos.

MAESTROS DE CARTÓN, PERO NO ESPIRITUALES

Bien recuerdo que, en una escuela esotérica capitalina, el “maestro” se encargaba de dejar en claro que nadie, jamás, sabía más que él.
Su deporte favorito era descalificar a todo aquel que destacara: “neófito”, “inexperto”, “profano”. No importaba lo que hicieras: él siempre te recordaba que estabas equivocado.

La humillación era constante. Y lo peor: le encantaba.
Se le iluminaba el rostro cada vez que corregía, invalidaba o ridiculizaba públicamente a otro por “falta de preparación”. Nunca se dio cuenta —o no quiso hacerlo— de que si todos sus alumnos eran ignorantes… quizás era porque él no sabía enseñar.

Una vez, durante una lectura de tarot, empezó a “canalizar” una situación futura donde yo —según él— me metía en un lío con un demonio y entraba en pánico por no saber qué hacer.
¿Lo preocupante? Que usó su visión para reírse de mí en público, junto a su fiel escudero.

“Tenís que estudiar bien pa’ que no te meís de miedo”, me dijo, entre carcajadas.

Ahí estaba: el maestro de la luz divina, usando una visión profética para hacer bullying espiritual.

Le paré el carro:
“¿Se está burlando de mí por una canalización? ¿Se ríe de algo que aún no sucede? Creo que no es momento de dejar la medicación”.

Se descompuso. Se disculpó. Pero el daño ya estaba hecho. La “enseñanza” había sido puro ego disfrazado de guía.

Allí, todo aquel que mostrara independencia, avance o luz propia, tarde o temprano era aplastado. El progreso ajeno era percibido como amenaza. Y su técnica favorita era siempre la misma: desacreditar hasta que el otro se sintiera tan pequeño, que solo pudiera mirar hacia él.

Desde afuera, muchos lo veían como sabio.
Desde adentro, sabíamos que no era más que un pobre imbécil con túnica blanca y complejo mesiánico galopante. 

HORMIGAS Y PULGAS EN REDES SOCIALES

En ese mismo entorno, conocí a otro personaje: un autoproclamado PAGANO (en mayúsculas, siempre), que juraba independencia espiritual…Hasta que lo encontré en plena Parroquia Italiana, durante el velorio de un pariente, preguntándome si podía pasar a comulgar porque “llevaba días sin confesarse”.

¿Un pagano buscando confesión católica?
Más que místico, parecía esquizofrénico.

Pero su joya maestra era otra.
Relataba —con una mezcla de entusiasmo y morbo— cómo sembraba peleas en grupos esotéricos de Facebook que él mismo administraba. Dejaba comentarios cargados de ambigüedad y mala leche, solo para ver cómo los miembros se destruían entre sí.

“Me encanta ver a las hormigas matándose sin saber que yo las observo”, decía.
“Me gusta hacerles creer que saben cosas, aunque no sea cierto.”

Perturbador.
No era simple manipulación: era su manera de masturbarse mentalmente.
Mientras otros buscaban alivio en Pornhub, él prefería ver caos en cámara lenta desde la oscuridad de un foro.

Ahí entendí algo esencial:
Esa gente no me representaba.
No compartíamos ética, ni valores, ni siquiera una visión común de lo sagrado.

Rompí filas. Y no me arrepiento.
Porque sinceramente, prefiero caminar solo…
Que andar rodeado de brujos con el alma podrida.

Y AQUÍ ESTÁ LA CLAVE

Estas personas seguirán proliferando —como hongos después de la lluvia— mientras no aprendamos a trazar límites claros y sagrados, como se marca un círculo de protección antes de un ritual.

Mientras sigamos permitiendo que cualquiera venga con su trauma sin digerir a proyectarlo sobre nosotros en nombre de la espiritualidad…
Mientras toleremos la mentira disfrazada de “proceso álmico”, el abuso encubierto como “enseñanza”, y el control emocional como “guía de luz”…

Seguiremos atrapados en este bucle de abuso con aroma a lavanda y frases mal citadas de Paulo Coelho.

Porque no, no todo lo que duele transforma. A veces simplemente te arrastra, te aplasta y te deja peor.

La verdadera libertad no viene de repetir mantras en ayunas ni de meditar con cuarzos importados de Aliexpress
Viene de poder decir con firmeza y claridad espiritual:

“Hasta aquí llegas tú. Y desde aquí, empiezo yo.”

Y cuando ese límite se vuelve inquebrantable —más fuerte que cualquier sello mágico—, entonces y solo entonces se inicia el verdadero despertar.
Hasta entonces, muchos seguirán atrapados en su eterno loop evolutivo,
con los chakras bloqueados, el ego inflado, incienso barato en mano…
y un PDF de autoayuda que juran que canalizaron en estado alfa.

Firma:
Mario E.C.
El Boticario Mágico®
(CRIN Nº2022-S-105)
Gestor, Diseñador & Autor